Propiedad Intelectual

Los derechos de autor son cosa de todos

Una semana más tarde celebro desde aquí el día de los derechos de autor con este artículo.

Hablar de propiedad intelectual desde un pensamiento de izquierdas puede conducir a una paradoja importante. Defender un concepto que en su título conlleva la palabra propiedad puede suponer que la idea de capitalismo sobrevuele de forma negativa y haga que esta defensa acabe siendo inútil. Y es que las batallas culturales, tan de moda ahora, se libran en muchos espacios y es en éste en el que los contendientes se hallan más despistados a la hora de apuntar sus armas para dirigir sus ataques. Bueno, solo algunos de ellos se hallan en esta situación, hay unos cuantos que saben dónde está la victoria y lo ven tan fácil que se entretienen mirando cómo los demás luchamos sin saber dónde se encuentra el enemigo.

Si preguntamos a la gente de la calle, por derechos de autor se entiende aquello que impide que uno se baje películas o música de internet, o por otro lado, aquello que sirve para obtener unos magníficos beneficios sin dar un palo al agua. Podría seguir aportando razones de cuñado en cena de año nuevo para definir la propiedad intelectual, pero necesitaría una serie de artículos que estoy seguro que ningún lector serio estaría dispuesto a aceptar. Lo que es cierto, y este tipo de comentarios lo refleja, es que se hace necesario un proceso importante de pedagogía al respecto. La cuestión es si realmente a aquellos que les preocupa la propiedad intelectual estarían interesados en que la gente entendiese de verdad lo que significan estas dos palabras. Dice el dicho que a río revuelto ganancia de pescadores y parece que hay determinados ámbitos del sector cultural que le interesa que haya mucha confusión entre lo que es y lo que no es la propiedad intelectual y sus derechos correspondientes. La razón, mantener un estatus que les haga sobrevolar de forma liviana por encima de la realidad mientras miran cómo partes implicadas se tiran los trastos a la cabeza de una forma más o menos violenta. En el fondo existe un entorno de diferencia de opiniones que nunca llegará a un acuerdo, mientras no se pongan sobre la mesa los verdaderos problemas no se podrá llegar a las soluciones. El círculo vicioso está más que servido, y así llevamos muchos años, sobre todo desde que internet creó ese espacio libre (¿?) en el que cada uno puede hacer lo que quiera.

El punto de partida de cualquier objeto cultural es la persona que lo crea. Ésta deja un tiempo de su vida en inventar algo que le sirve por un lado de expresión propia y por otro de comunicación con un público que pueda aceptarlo de buen gusto. La imprenta fue un gran impulso para que todos los escritores ampliaran ese público de forma masiva, pero el problema llegó cuando veían que había una persona que intermediaba y que se llevaba unos grandes beneficios, era el editor de los libros. Es entonces cuando el escritor reclamó sus derechos, una parte de esos beneficios. Una parte pequeña que no iba a ser una gran pérdida para aquél distribuidor de cultura pero que éste se negaba a asumir, es entonces cuando se dieron cuenta que si no se juntaban para hacer presión, los editores iban a hacer oídos sordos a sus reclamaciones. De esta unión surgieron las primeras asociaciones de creadores que derivarían en la entidades de gestión colectiva que conocemos actualmente. En este rápido resumen de la historia de la propiedad intelectual vemos una cosa que sorprendería a cualquier persona que se sienta identificada con la ideología de izquierda; los trabajadores de la creación se asocian para defender sus derechos por una propiedad que nace suya desde que es él el que la ha creado por medio de su esfuerzo. Actualmente los creadores viven en un momento en el que el sindicarse es una quimera solamente en manos de guionistas de Hollywood, aunque en este caso no es el argumento de una película, ya que fueron ellos los que pararon la industria por medio de una huelga para reclamar la dignidad de su trabajo. Ser creador y autónomo van siempre de la mano y ser autónomo y no tener posibilidad de sindicarse es lo que hace que la profesión de creador se convierta en una de las más precarias. La autonomía implica que estás solo ante aquel que te va a pagar y por ello va a pagarte lo que le parezca más rentable para él independientemente de la calidad y el esfuerzo. Es por ello, que las sociedades de gestión colectiva son lo más cercano que han tenido los artistas a lo que puede llamarse sindicato.

El capitalismo, en los tiempos en los que surgió la propiedad intelectual renegó de ella, no entendía el por qué de este tipo de propiedad que evitaba el libre comercio y la libre competencia, pero resulta que en los tiempos actuales de la gran Industria Cultural y de la Economía de la Cultura, la propiedad Intelectual se convierte en una forma de maximización de beneficio, mantra incombustible del liberalismo. Y ahí están los grandes entramados de la Industria Cultural como abanderados de la propiedad intelectual. El sistema Estadounidense, basado en el Copyright, despersonaliza la creación convirtiéndola en un producto de consumo, y las creaciones entonces se convierten en el beneficio de la gran empresa de la difusión cultural. Es entonces cuando el creador se hace pequeño y tiene que ver como contratos draconianos van mermando su beneficio por los derechos de su creación al tenerlos que ceder bajo la amenaza de que su trabajo no sea visto más que por sus círculos más cercanos. Y apareció la piratería, la Industria Cultural empezó a tambalearse y sacaron a los creadores de sus casas para que pusieran cara de pena y un cartel debajo que decía “él nunca lo haría”. La piratería precarizaba al creador todavía más que lo que la propia industria lo hacía por medio de la invasión de las redes de distribución de esos productos en serie que conforman el llamado mainstream, pero era más fácil atacar al consumidor. Como dice el dicho, siempre es bueno que haya niños, y el consumidor final siempre es más débil y el poder de hacer campañas mediáticas culpabilizándole estaba en la mano de la Industria. La reacción no es tampoco el todo gratis, ni el asimilar la creación cultural a los parámetros por los que se miden las patentes de software, la solución pasa por poner cada cosa en el sitio que corresponde y arrimar todos el hombro en una labor política esencial de acuerdo y consenso.

En lo que implica la propiedad Intelectual tenemos muchos actores participando. Está el creador, que hace su obra y quiere difundirla; está la industria que la difunde y hace que llegue a todas partes; están los usuarios, que son aquellos que hacen uso de la propiedad intelectual por medio de plataformas de difusión por las que obtienen beneficios (medios de comunicación y plataformas de internet) y finalmente están los ciudadanos, los que accedemos a la propiedad intelectual, compramos discos, vamos al cine, leemos libros, consumimos plataformas de streaming. Cualquier política pública que se diseñe desde una administración tiene por obligación que contar con todos los actores participantes, si no, se pecaría de favorecer a una parte de ellos. Las leyes de propiedad intelectual en los últimos tiempos, así como cualquier acción consecuente a ellas, han sido diseñadas teniendo en cuenta únicamente los intereses de una parte de los actores, por no decir de uno de ellos, la industria. Sus ideas al respecto son muy claras, los problemas que afectan a la propiedad intelectual son culpa de los consumidores que no quieren pagar y deciden piratear, de ahí que presionen a los gobiernos para que impongan medidas restrictivas y punitivas que lo único que logran es separar los bandos y poner una trinchera en medio.

Si se quiere plantear una ley de propiedad intelectual efectiva y surgida del acuerdo tiene que partir del diálogo y la negociación entre los diferentes actores. La propiedad intelectual es cosa de todos, y todos tenemos que ser conscientes y responsables de nuestra parte. Ceder en las posiciones, entender los mecanismos y, sobre todo, entender su función se hace necesario, teniendo en cuenta hacia dónde se dirige nuestra sociedad en lo que a consumo cultural se refiere. Si no se pone sobre la mesa un pacto social por la propiedad intelectual seguiremos peleando en un terreno cenagoso en el que nos acabaremos ahogando.

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