SGAE

El pendiente de Lola Flores

Grabada quedó en la memoria de todo un país la imagen de Lola Flores buscando un pendiente perdido en plena actuación en la sala Florida Park. Mientras los músicos tocaban para que ella hiciese su espectáculo, ella, sin embargo, se dedicaba a preguntar al público asistente si habían visto su pendiente.

Así se encuentran ahora mismo los socios de la SGAE, sobre todo los músicos, buscando su pendiente. Y es que el juego de palabras me viene al pelo para hablar de uno de los temas más polémicos que existen acerca de la gestión de la propiedad intelectual, el pendiente de identificar.

La SGAE tiene un modelo de recaudación según el cual recibe un dinero por la comunicación pública de repertorio. A partir de ahí el dinero se reparte entre los socios a los que les corresponde, para eso existen listas, inspectores y todos los medios posibles para identificar quién ha hecho qué, en donde se ha reproducido y a qué hora. Pero ¿Qué pasa cuando no se identifica lo que se ha interpretado? Esto puede suceder por dos razones, o porque el autor por dejadez no lo haya registrado en la entidad o porque la obra concreta pertenece a un autor que no está asociado a la entidad. Si no está asociado ¿Por qué la SGAE recibe dinero por su gestión? Interesante pregunta.

Tras cinco años (que ha ido bajando con el tiempo hasta tres) de ser pendiente de identificar, ese dinero recaudado pasa a un fondo común de la entidad. Y ¿qué se hace con ese dinero del fondo común? Pues emplearlo en labor social dirigida a los socios, para ayudarles por medio de cursos, becas, seguros, etc. Bonito ¿verdad? Pues la etrada de la Guardia Civil en la sede de la SGAE en 2011 vino concretamente por una denuncia que había puesto un socio acerca del uso fraudulento de este dinero. Porque en lugar de utilizarlo para la función que he explicado antes, aquellos que se llenaban la boca llamando piratas a los usuarios por utilizar redes P2P para descargar archivos,  utilizaban ese dinero para aquello que se hace con los bienes intangibles en economía financiera; especular. Un teatro por aquí, un estudio por allá, otro teatro por acullá,… se llamaba Red Arteria y era una operación a nivel mundial muy rentable para la SGAE, y para el país. El resultado, una entidad en quiebra y solo como ejemplo, un destrozo de patrimonio histórico en el Palacio de Boadilla que ha quedado sin terminar (operación apoyada por un ayuntamiento corrupto, no nos olvidemos de Gurtel).

Dejando a un lado este hecho, la forma de recaudación de la SGAE es injusta, y su forma de reparto casi tanto o más. La recaudación se hace por medio de reclamar un dinero según unas tarifas acordadas sin contar con si el repertorio ha sido identificado en su caso o no. El canon digital resumía más o menos este proceso, yo te pongo en los discos duros que te compras un canon porque “como los vas a llenar de música descargada por medios ilegales,…”. Entonces, daba igual que te compraras un disco duro para guardar tus archivos, o tu trabajo, pagabas el canon porque mucha gente estaba bajando música de forma ilegal, aunque no fueses tú. Lo mismo pasa con las televisiones, cada año pagan un dinero a la SGAE, de ahí se reparte según las listas de obras utilizadas por las televisiones y lo que sobre, pues se reparte entre los socios, siempre repartiendo el dinero  entre los que más recaudan primero. Lo que se dice una entidad con idea social.

Si ya entramos en el reparto que se hace por reproducción en radio, tu música puede sonar todos los días en una radio local y tú no recibir nada de derechos a pesar de que la emisora está pagando su canon. Son cantidades demasiado pequeñas para gestionarlas, según dice la SGAE. Por eso ese dinero se dirige a esa parte que se reparte entre los que se llevan la mejor parte. Entonces llegamos otra vez a La Rueda.

Sería mucho más justo y coherente que el repertorio estuviese identificado y solo se cobrara por aquello que fuese utilizado ¿verdad? Pues para contradecir a la SGAE en sus razonamientos acerca de este caso, existe una entidad de gestión en España, DAMA, que recauda de esa manera. Y funciona mucho mejor que la SGAE. Por lo menos no tiene asambleas que recuerdan a las juntas de vecinos de la serie La que se Avecina, pero multiplicado por mil.

Y el pendiente de identificar, como el de Lola Flores, debe encontrarse debajo de alguna mesa del Florida Park. O encima de alguna otra de un restaurante de lujo.

Esta entrada está dedicada a David García Aristegui, por su sabiduría en propiedad intelectual y su insistencia sobre este tema.

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La maldición de la E

Nunca una letra ha podido ser tan significativa dentro de unas siglas. Nunca una única letra ha podido cambiar tanto la estructura de una entidad. Cuando Ruperto Chapí creó la SGAE esa E significaba España. Creó una sociedad que defendiese los derechos de los autores del país que respondía por esa inicial, porque aquellos necesitaban defensa y ayuda.

Entonces llegaron aquellos otros que pensaban que los que más facturaban deberían tener mayor capacidad de decisión (aquellos que acabaron detenidos, procesados y condenados), y dijeron que por qué la letra E debería representar a España. Ellos eran muy de izquierdas, y los nacionalismos nunca son sanos. En un mundo moderno y globalizado los países no importan, lo que importan son las empresas, que son las que dan trabajo (y lo quitan cuando les apetece) y dan riqueza (con domicilios fiscales en paraísos, de esos en los que no hay manzanas ni serpientes).

Un editor no es malo que exista, de hecho, es una figura necesaria. Es una ayuda y un apoyo al creador. Le ayuda a difundir sus trabajos y a gestionar los movimientos que dicha difusión genere. El creador no tiene por qué entender de todo esto, ya bastante tiene con su labor. Por eso necesita de una mano derecha, una muleta en la que apoyarse y que comprenda el complejo mundo de la difusión y distribución de la cultura. Por lo tanto, los editores son buenos, siempre y cuando hagan su trabajo de forma digna ayudando al autor (digo esto por si luego se malinterpreta lo que viene a continuación).

Cuando los editores utilizan su situación de privilegio en el mundo de la industria para aprovecharse de los autores es cuando comienza el conflicto. Y cuando determinadas empresas privadas aprovechan la gestión de la propiedad intelectual para ganar dinero fácil creando editoriales no es que comience el conflicto, es que es una estafa.

Ruperto Chapí no fue consciente nunca de la cantidad de dinero que se podía generar por medio de la difusión de la cultura, el pobre hombre apenas conoció la grabación en disco, como para pensar en la difusión masiva de contenidos culturales por internet. De hecho, Chapí creó la SGAE (Sociedad General de Autores de España) para defender a los autores de los usos abusivos de los editores de música, así como los primeros intentos de sociedades de autores se hicieron por la misma razón.

Entonces ¿por qué abrir la puerta a los editores para entrar en la sociedad?

Desde que la Sociedad General de Autores de España pasa a ser la Sociedad General de Autores y Editores (el cambio de la E), los abusos sobre los autores ejercidos por los señores de la nueva E han sido y siguen siendo innumerables. Las firmas de contratos por medio de discográficas multinacionales (miembros de la SGAE) en la que la editorial se puede llevar desde el 50% en adelante de los derechos del autor por la función de edición, suelen ser muy habituales. Incluso en algunos casos pueden llegar a dejarle al autor el 20% o menos de sus derechos, aquellos que le corresponden, según ley, por la creación (luego se habla de descargas y piratería). ¿Acaso los editores cumplen su función? en la mayor parte de los casos no. Muchos de estos creadores que han firmado estos contratos se han encontrado que a la hora de defender sus derechos, estas editoriales estaban más ocupadas con otros artistas que les pueden proporcionar más dinero, y se han quedado presos de estos contratos sin poder hacer nada, ya que adquirieron unos compromisos con la Editorial. Luego, claro, viendo la democracia que hay en la entidad, puede imaginarse el lector la cantidad de votos de que disponen estos editores. El problema es que si quieres sacar un disco con determinadas discográficas debes firmar esos contratos (o entrar en el universo de la autoedición y el Copyleft que tanto critican luego los señores representantes de estas compañías y sus afines).

Luego entramos en las otras empresas, esas que no son Editoras y que quieren dinero fácil y rápido. Empresas que gestionan espacios de publicidad en televisiones y que crean editoriales para poder entrar en ese negocio tan lucrativo de los derechos de autor (sobre todo si vienen de emisiones en horario nocturno). O los propios medios de comunicación, que vieron que si creaban una editorial y hacían firmar a todos los creadores que trabajaban para ellos un contrato cediéndoles parte de sus derechos (50% para adelante, y si no firmas, no trabajas), al final del canon que pagan anualmente a la SGAE les volvía una parte importante (es el problema de cobrar por canon, pero eso es tema para otra entrada de este blog). Triquiñuelas con la ley de Propiedad Intelectual y los estatutos de la SGAE para hacer un fraude en el que el autor vuelve a ser el perjudicado.

Ay, Ruperto Chapí, si tu supieras que aquello para lo que creaste la SGAE, defender a los autores de los abusos de los editores, se ha convertido en día a día de la entidad. Pero claro, entonces la E era de España. Nadie había abierto la puerta de la SGAE para que los zorros, no es que cuidaran a las gallinas, es que se las iban a devorar hasta no dejar ni los huesos. Por lo tanto, cambiar la E de España por la E de Editores, ha sido abrirle la puerta al horror de la ambición y la avaricia, la peor cara del concepto empresarial de este país.

Y al creador ¿qué? ¿quién le defiende?

PS: Hay un sector de personas que se presentan a al consejo directivo SGAE que defienden lo mismo que yo en esta entrada, y que también defienden a La Rueda de las televisiones. Por lo tanto, hay que tener mucho cuidado con estos temas a la hora de ver los argumentos de la gente a la que se vota.

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Sobre ruedas, brujas y democracia

No creo que me haga falta explicar en qué consisten los escándalos de La rueda de las televisiones, así como el tema llamado de Las Brujas, se han escrito ríos de tinta, tanto físicos como virtuales acerca del tema (qué socorrido es el blog de David Aristegui sobre el tema, agradecidísimo a él por ello). Ambos asuntos me conducen a reflexionar acerca de la calidad democrática de una organización e incluso de un país.

A alguien en algún momento de la historia de la SGAE le debió parecer muy bien que la representación en las decisiones debería de depender del volumen de facturación dentro de la entidad de los socios; a más facturación mayor número de votos. Esto, que sería el sueño húmedo de cualquier empresario neoliberal (de estos que la mayor parte de su beneficio viene de subvenciones y de concesiones públicas), no parece la forma más justa para una entidad sin ánimo de lucro por un lado, y que trabaja por la defensa de los creadores por otro. No creo que haga falta recordar que los inventores de este sistema han sido detenidos y se encuentran en estos momentos procesados.

Es decir, en estos momentos, una entidad de gestión de derechos y de protección a la creación se encuentra en un estado de dictadura de los que más facturan. Aquellos que controlan los medios para que sus creaciones sean las que más se emitan, aquellos que copan el mercado evitando la entrada de cualquier pequeño creador que ose introducir su nariz en ese sistema creado a su mejor forma de obtención de beneficios. Esos que luego llaman piratas a los usuarios y se indignan porque descargan por redes P2P, ¿no es también un acto reprobable la forma en la que copan los mercados de la creación?

Entonces aparece un grupo que por medio de un fraude y aprovechándose de un defecto de forma en los estatutos de la entidad ganan una cantidad sobredimensionada de dinero poniendo sobre la mesa las vergüenzas de la gestión. Y al facturar tanto tienen más votos, por lo tanto la capacidad de bloquear cualquier intento de cambiar ese error en los estatutos que les proporciona esos altos emolumentos. Ese momento absolutamente Kafkiano se vivió en la última asamblea en la que estuve presente, cuando cada bloqueo de decisión se acompañaba por vítores por parte de los causantes. Es sorprendente asistir a un espectáculo en el que gente que ha facturado dinero de esa forma sube al estrado a verter acusaciones sobre la directiva de la SGAE y victimizándose. Hay que tener en cuenta que el reparto de los derechos es como el reparto de la riqueza, cuando alguien recibe una suma desorbitada de dinero es porque otras personas están dejando de recibirlas, así de simple.

Cualquier socio debería tener la misma capacidad de decisión que cualquier otro dentro de una entidad basada en la defensa del trabajo que estos ejercen, la creación. No puede haber clases sociales en una profesión que se ha ido precarizando con el tiempo y en la que la igualdad de oportunidades es una quimera, al igual que lo es en nuestro día a día. Si queremos que las cosas sean de otra manera, todos los creadores debemos de luchar y defender nuestro trabajo de forma colectiva, los individualismos conducen a la avaricia ¿Para qué queremos la SGAE entonces si cada uno va a hacer la guerra por su cuenta (Gracias Enrique Mateu)?

En el fondo de todo se encuentra el problema de siempre, la ambición humana y el sistema basado en la misma y llamado capitalismo. Eres según lo que ganes, aunque aquello que ganes lo hagas de forma ilegal. Y cuanto más ganes mayores posibilidades de influir en las decisiones tendrás. En el mundo real se llaman multinacionales, en la SGAE,.. también (en parte), aunque eso es algo de lo que me gustaría hablar en otro momento

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Sobre la SGAE y la Propiedad Intelectual

El tema de la propiedad intelectual y la cultura libre es uno los más conflictivos dentro del actual entorno cultural. Los cambios en la difusión de la cultura ha provocado en gran parte esta crisis por culpa de la velocidad a la que estos cambios se producen y la dificultad que en muchos de los casos la industria tiene para asumirlos.

Hace unos meses participé en un debate en La Tuerka acerca de propiedad intelectual, SGAE y cultura libre. Acudí a ese debate como miembro de Podemos Cultura, pero mis opiniones eran absolutamente personales, ya que en el círculo estamos tratando ese tema, investigando y observando todo lo que existe para poder aportar una respuesta como iniciativa política.

Me leí para el debate a marchas forzadas el libro Por qué Marx no habló de Copyright de David García Aristegui, con el que compartía mesa en La Tuerka y al que conocía de forma indirecta. En ese libro descubrí una serie de ideas que nunca me había planteado al respecto de la propiedad intelectual y que me parecieron interesantes. Una de estas ideas fue la de que la propiedad intelectual es necesaria y que los derechos de autor tienen que existir en un mundo en el que la difusión de la cultura se ha vuelto algo masivo. Otra es la idea que el concepto de Cultura Libre, tal y como determinados sectores están expresando, es una quimera más cercana a un concepto anarcocapitalista del mundo que a una situación de remuneración real por el trabajo realizado.

En el asunto de la propiedad intelectual se ha producido durante tiempo, un enfrentamiento entre el público y los creadores provocado por determinados intereses, dichos intereses absolutamente ajenos a ambos. Una cosa que tengo clara es que la propiedad intelectual no debe ser un obstáculo para el acceso a la cultura. Pero por otro lado el creador debe ser remunerado de una forma justa por la difusión de su trabajo. La SGAE durante mucho tiempo ha sido considerado por el público general como una especie de ogro que te hacía pagar cada vez que querías escuchar una canción. Quizá por ello fue tan celebrado ese día en el que la Guardia Civil entró en el Palacio de Longoria y el edificio adyacente como Elliot Ness entraba en los Speakeasy de Al Capone. Cuando Ruperto Chapí fundó la SGAE lo hizo para defender a los creadores; que la Guardia Civil entrara en la sede no debería ser un hecho que alegrara a la ciudadanía, sí debería ser un hecho que la preocupara ¿Quién defiende a los creadores en una entidad en la que la Guardia Civil tiene que entrar a levantar las alfombras?

Como autor y socio de la SGAE desde hace 20 años me preocupa que el público piense así de ella. Una entidad a la que se le presupone un fin social no puede tener una imagen pública de monstruo devorador de dinero a costa del consumo de cultura de los ciudadanos y las ciudadanas. Una gestión nefasta, basada en intereses personales que solo buscaban un enriquecimiento rápido, la ha conducido a un punto de no retorno. A partir de ahí, solo sirve el crear un nuevo modelo que recupere la intención inicial de los fundadores.

Se acabaron los tiempos de insultar y criminalizar al público por tratar de tener un acceso fácil a la cultura, mientras que los gestores realizaban actos criminales punibles y penados por la justicia. Ha llegado el momento de adaptar la entidad a los nuevos tiempos y de pensar que no se puede vivir enfrentado a todos aquellos que van a disfrutar del material creado por los socios de la entidad.

Como bien insisto varias veces en el debate de La Tuerka, estamos en un momento de cambio, pero ese cambio no va a llegar de una forma rápida. Actualmente nos encontramos en la prehistoria de lo que será la difusión de la cultura en un futuro, puede ser lejano o puede ser muy cercano, teniendo en cuenta a la velocidad a la que se mueven las cosas. Hay fórmulas que surgen, que funcionan y prevalecen. Otras no y desaparecen. Es por ello que debemos estar atentos a todo lo que se mueve a nuestro alrededor si queremos entender lo que está pasando y huir de respuestas simples y arquetípicas que han funcionado durante años, pero que actualmente suenan a discurso fallido.

Tras el debate, Manuel Aguilar, persona que estuvo en representación de la SGAE, me comentó de forma informal que me presentara a las elecciones al consejo directivo de la entidad. Yo tengo los 5 votos permanentes necesarios para hacerlo y me lo planteé. Llegado el momento, he presentado los documentos y figuro como candidato dentro del colegio de Pequeño Derecho en Sinfónicos. No sé lo que podré aportar, pero creo que se necesita en la SGAE de ese punto de reflexión y de observación que favorecería el crear una entidad de gestión que realmente defienda a los autores de las amenazas reales, que son muchas y justamente no se encuentran en los usuarios, algunas están dentro de la propia SGAE.

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